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NUMERO 18 - 11/09/2013

 Nacionalismo lingüístico e ingeniería social: el plurilingüismo español entre Job y Hobbes

Ocuparse del régimen constitucional del plurilingüismo en el ordenamiento español es pisar el desolado páramo de lo inútil. El razonamiento jurídico no interesa lo más mínimo a los ardorosos sacerdotes y feligreses de las parroquias nacionalistas, entre los cuales se hallan también --para dolorosa decepción de quienes, contra el centralismo y el neofranquismo, venimos defendiendo el Estado social, democrático y autonómico de Derecho articulado en la Constitución de 1978-- no pocos iuspublicistas ilustres. Que algunos de éstos busquen por afán de medro el arrimo del respectivo Movimiento Nacional resulta menos sorprendente que la actitud fanática e idolátrica de otros. Yo el patriotismo lo entiendo y lo aplaudo: no es una ideología, sino una virtud cívica, que incluye el altruismo, el sentido del interés público y el humanitarismo. Por el contrario, el nacionalismo es una religión civil, una latría opuesta a la razón y, muy frecuentemente, una vía de acceso al totalitarismo y a la ingeniería social. “La magia del nacionalismo –escribe Benedict Anderson-- es la conversión del azar en destino”. Cuál sea la explicación de por qué los individuos están dispuestos a morir (y a matar) por semejantes invenciones se hallaría en lo que cabría llamar “la belleza de la Gemeinschaft”. Pues bien, regresemos al páramo a pesar de todo, volviendo al empeño de razonar jurídicamente en asunto tan sensible como las lenguas. El Estatuto catalán de 2006 y la Sentencia del Tribunal Constitucional 31/2010 nos permiten revisar conceptos y conclusiones que los iuspublicistas españoles venimos debatiendo desde la promulgación del texto constitucional. Con la paciencia de Job (un “rebelde con fe”, según Martin Buber) que requiere soportar tantos desafueros, manipulaciones y complacencias culpables (pero temiendo ya, a diferencia de Job, que nada podamos esperar sino el retorno atávico del fatum hobbesiano, la vuelta, una vez más, al originario estado de naturaleza en que los españoles nos sumimos repetidamente en los últimos dos siglos), intentemos dar otra oportunidad al noble oficio del jurista y, por consiguiente, a la preservación de la paz civil. Estamos, en este momento, en un punto desigualmente situado entre Job y Hobbes... (segue)



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